“Warmi, la mujer aymara en su territorio N° 8”. Vanessa González Álvarez: La coreógrafa aymara que fusionó la danza en un ayllu

Vanessa González Álvarez, Licenciada en Danza.

Ser aymara para Vanessa González Álvarez es sentir como una raíz que se va ramificando por la tierra, es tener fuerza que brota desde el interior, vivir los ciclos de siembra y cosecha de la vida, con el tata inti, la mama luna; es construir su camino sin olvidar, es árbol que se vuelve tronco, para resistir cuantas crisis vengan.

Esta coreógrafa aymara, Licenciada en Danza de la Universidad Academia Humanismo Cristiano, nació en Arica y es hija de Justa y Emiliano, ambos originarios de las alturas del altiplano, específicamente de Sajama, Bolivia, su madre, y Visviri, su padre.

Desde niña trabaja. Como comerciante, ambulante, en empaque y garzona. Su alma de emprendedora la llevó a juntar ahorros, gracias a ello, cuando terminó la educación media, tomó su mochila y se fue a Santiago a audicionar a la Universidad, logrando ingresar a la carrera, que le permitió realizarse en el ámbito artístico cultural.

Fusión de danzas
Su profesión la hace sentir muy feliz, ya que desde este espacio puede dialogar, contar su experiencia y motivar a más mujeres aymaras en la reivindicación de su cultura, a través de la danza contemporánea y andina, en una fusión que evidencia el territorio, espacio e identidad, donde las raíces son el nexo.

Vanessa, una warmi itinerante, está dedicada a conocer y estudiar la antropología del cuerpo en las danzas, tanto territoriales andinas, como latinoamericanas. En su trabajo como fundadora de la Compañía de Danza Jallalla en Arica, comparte los saberes y formación de danza, con bailarines del carnaval, contemporáneos locales y de folklore, contando con diversos participantes que cultivan un nuevo ayllu de danza con valorización de las culturas y de sus cuerpos con historias, que relatan la ruta de sus antepasados en estas tierras milenarias, con un nuevo lenguaje que retrata la esencia territorial: andino contemporáneo.

Como bailarina ha vivido varios procesos con distintos coreógrafos y compañías. Se inició en el carnaval, empoderándose de su raíz guerrera, que ha aflorado cada vez que se encontraba en dificultades. Bastaba recordar la fuerza del tinku, la energía y el grito del caporal, para conectarse con su origen para no perder el horizonte. Su sueño es conocer distintos lugares y culturas y en algún momento armar una obra de lo vivido en América del Sur.

El saludo a los cerros
Desde niña estuvo inmersa en la cosmovisión andina. Cuando iba al lago Chungara su madre le enseñó a saludar a los volcanes Payachatas y fue mágico ver los cerros sagrados y poderles hablar, lo que hacía siempre en distintos lugares donde se encontraba con las montañas y su energía protectora.
Cuando escuchaba que las mujeres aymaras de los pueblos se expresaban en su lengua de origen, también se sorprendía ver a su madre comunicándose en la lengua ancestral, que ella poco conoce, porque estando en la ciudad su familia no se preocupó de enseñarle. Pero las tradiciones adscritas al calendario andino son vividas completamente. Para ella, los aymaras no deben olvidar sus tradiciones, su cultura, su comunidad y sus tierras.

Cuando estudiaba en Santiago, su madre le enviaba charqui para tomar tecito y ella cocinaba charquicán con carne de llamo. Ahora continúa prefiriendo las papas del interior en los asados y el picante de pollo, con cebolla, pollo, locoto, yaita, ajo, cilantro y papas.

Viaje a su esencia
Los planes de esta coreógrafa aymara son continuar con sus estudios e investigaciones de las danzas de raíz latinoamericana, creando y aportando como trabajadora del arte, y entregando lo aprendido a los bailarines de la compañía Jallalla y a la comunidad, dándole valor a su cultura de origen.

Entre sus apuestas, la presentación de la obra de danza Tinkucuna, para ella fue un recorrido hacia el interior de la historia de nuestro territorio y pueblos originarios, mostrando cómo se salvaguardan las culturas, con su ritualismo y costumbres, a través del tiempo.

Vanessa agradece este viaje de vida, del complemento que ha sido cada desafío, hasta llegar a esta danza que la transporta, en que aprendió a bailar sin apagar al otro, sin sentirse discriminada por ser morena o distinta en la gran ciudad, donde tuvo que resistir, a pesar de extrañar su tierra y su cultura.

Terminar sus investigaciones y trabajar en una compañía, son el desafío cumplido de ser una bailarina que lucha por sus sueños. En su aprendizaje de vida se viste de colores como los de la wiphala y danza como cuando niña corría, mientras había lluvia con granizo en el altiplano, miraba por la ventana de la casa el corral de los llamos y comía charqui o pancito amasado del abuelo Nicanor.

Vanessa danza y en cada movimiento aflora su historia, su fuerza de mujer aymara, su ruta ancestral, por volcanes y azufreras, donde sus padres caminaron cuando jóvenes. Su cuerpo habla, de lo colectivo, que es este ayllu de ritmos, donde todos se complementan y donde todos suman, porque hacer comunidad desde el bello movimiento del cuerpo, es lo que su sangre guerrera la impulsa.

Nota de la Dirección
“Warmi: La mujer aymara en su territorio”, es un proyecto financiado por el Fondo de Medios del Ministerio Secretaría General de Gobierno 2020 y el Consejo Regional de Arica y Parinacota, cuya investigación, desarrollo y redacción, corresponden a la periodista Ada Angélica Rivas y se publicará los días lunes y jueves durante todo el mes de agosto.

Junto a Ada Rivas, existe un equipo multidisciplinario que permite la publicación del proyecto, integrado por Robert Cornejo, Víctor Olguín y Francisco Soto, quienes son apoyados por personal permanente de AricaMia.