“Warmi, la mujer aymara en su territorio N° 4”. Inés Flores Huanca, Mediadora indígena: “Más que un trabajo es una oportunidad para ayudar a mi comunidad, desde la trayectoria, formación y prestigio”

Inés Flores Huanca, Mediadora indígena, criando ganado

Ancolacane significa “que tiene tierra blanca”, la misma con que están pintadas las casas de las estancias que conforman esta comunidad, ubicada a 285 kilómetros de Arica hacia el altiplano y a más de cuatro mil metros de altura. El territorio de la familia que proviene de los ancestros de Santiago y Manuela, ambos de apellido Flores, ubicado en el sector denominado “línea centro”, a un par de kilómetros de la carretera internacional que va directo a Visviri, en la comuna de General Lagos.

Es el lugar de nacimiento y punto geográfico que cruza la historia de Inés Flores Huanca, una mujer aymara, bilingüe y facilitadora intercultural de la Defensoría Penal Pública en Arica. Forma parte de una comunidad en la que realiza sus prácticas culturales junto con su familia, cría ganado, cumple roles como los cargos que se van pasando anualmente de uno a otro integrante, y desarrolla iniciativas al interior de este núcleo, formado por sus padres Mario y Basilia, específicamente en la estancia de Huancarane.

Maestros de vida
Inés creció en una familia extensa, donde padres, abuelos, padrinos y tíos son figuras significativas de crianza y sabiduría de la vida. Su lengua aymara, que habla y escribe, es fruto de la enseñanza de abuelos, padres y posteriormente perfeccionada en la universidad. Cuando tenía siete años, caminaba detrás de su abuela Manuela, que iba a un ritmo más rápido, mientras ella iba mirando las aves y animales; le llamaban la atención las huallatas, patos silvestres, a la orilla de los bofedales. A esa edad se está aprendiendo a respetar, convivir y dialogar con la naturaleza. En un momento de juego empezó a patear las pequeñas piedras del camino. Su abuela se dio vuelta y le dijo -¿Qué te ha hecho esa piedra para que le pegues, te ha lastimado, tienes alguna herida? Ella miró y se sintió culpable, entendiendo que las piedras no son seres muertos, como para el mundo occidental; sino una parte viva más de la pacha y cada uno de los elementos de esta comunidad biológica, a la que no se agrede desde ninguna circunstancia, sino de forma constante se pide licencia por cada acción, es una señal de respeto y convivencia armónica.

Inés Flores en Huancarani.
Junto a su abuelo Santiago, salía a caballo, mientras él iba en una mula llamada Maltuna, acompañándolo en un recorrido por los pueblos, donde él como una persona significativa del lugar que realizaba el control social, preguntaba: cómo se habían portado y si estaban viviendo bien, aplicando los principios de la justicia comunitaria. Experiencias que fueron parte del aprendizaje que marcaron su vida y definieron lo que en la actualidad desarrolla.

Los Flores Huanca son una familia que lleva el emprendimiento en los genes, desde el abuelo, pastor de llamas; pasando por los padres, dedicados a la ganadería; y luego los hijos y nietos que pudieron ingresar a la universidad y ser profesionales, rompiendo las brechas económicas, culturales y sociales. Para Inés ésta es la clara muestra del ser aymara, de la constante lucha día a día, del dialogar, sembrar y construir. De levantarse temprano, ya que el día es para producir; la impronta del trabajo es dignidad, virtud y esfuerzo constante, y los tropiezos son parte de la experiencia para superarse. Ella acompañaba a su madre cuando llevaban a pastear a los animales, mientras era niña; patrón cultural que incorporó en las distintas etapas de su vida familiar y laboral.

Y como la familia es el centro de la vida de Inés, la comida que convoca sus recuerdos es el asado de llama o alpaca, de animales de no más de tres años, por la carne tierna y el buen peso que tienen entre los meses de abril a mayo. El asado acompañado de mote, con papa chiquiza y ají ahogadito hecho en piedra con cebolla cocida. Todos sentados sobre una frazada al lado de la casa y el abuelo Santiago, repartiendo los trozos en orden, en un protocolo que iba de los adultos primero, a los niños después.

También la sopa de maíz seco molido, acompañado de charqui hervido, que hacía la abuela a las cuatro de la mañana, agregando el orégano fresco al finalizar su preparación, aroma que inundaba la habitación e invitaba a levantarse a compartir e iniciar con energía el día, ya que en el mundo aymara la cocina está dentro de la pieza grande donde se duerme, comparte, abriga y cobija.

Códigos indígenas

Inés Flores trabajando con reclusas en el centro penitenciario de Acha.
En su trabajo en la Defensoría Penal, entre sus roles está el empoderar a los imputados indígenas, expresándose desde sus códigos, lo que genera un necesario espacio de confianza entre el defensor, el equipo y su familia. Hay toda una implicación que da cuenta de lo que ellos son como aymaras. Se relaciona en la lengua materna por whatsapp u otros medios alternativos y cuando tiene que atender a una persona aplica el código aymara, partiendo por el saludo, es la forma de dar confianza a sus interlocutores. De esta forma ha sumado al resto de las personas, incluso al mundo no indígena, generando una mayor interculturalidad y abriendo puertas para tener resultados exitosos, lo cual le ha merecido agradecimiento y valoración.

Inés participa en su comunidad de origen, donde cuentan con diferentes formas de organización, desde la propia comunidad histórica, pasando por la junta de vecinos, y, posteriormente, las asociaciones y comunidades creadas bajo el alero de la Ley Indígena. Como dirigente se inicia en entidades urbanas en el año 1982, y posteriormente, por muchas otras, tanto ganaderas, gremiales y socioculturales, que le han dado una experiencia de más de 30 años en las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta. Participó en la creación y discusión de la Ley Indígena, además de haber trabajado en distintos proyectos socioculturales de las regiones del norte. Lo anterior, la hace conocedora de la realidad del mundo indígena de la zona.

Su organización madre es Pacha Aru, la voz de la tierra, conformada en 1982, cuando nadie se identificaba como aymara, y era vergonzoso asumirlo, ya que muchos lo identificaban como extranjero, boliviano o peruano, pero no chileno. Fue el momento en que esta asociación reivindicativa trabajó en pos de las demandas por becas, el reconocimiento a través de la Ley Indígena, y su actividad emblemática, la wilancha, ceremonia ritual en el cerro Pacharcollo, en el mes de agosto. Los integrantes del Pacha Aru levantaron la voz e identidad del ser aymara.

Valores colectivos
Como parte del mundo aymara, vive la cultura, tradición, lengua, espacios, geografías humanas y físicas, en una forma natural de vida. Esto mismo genera que elija su pueblo, el Cusco, Machu Picchu, los cerros de siete colores o lugares sagrados para visitar. Donde se empodere su fuerza de mujer, logre su equilibrio y le llegue a cada una de sus emociones la energía de la pacha en una profunda conexión.

Para ella las mujeres aymaras deben ser aquellas que convocan, suman y conquistan la voluntad de todos los miembros de la comunidad, especialmente cuando se es parte de un matrimonio, pues en esta dualidad, chacha warmi, las luchas no son individuales, sino colectivas. Su historia de referentes duales, ha contribuido a mirar la vida con otro paradigma.

Sus valores aymaras tienen una gran significación, desde el trabajo, la reciprocidad del ayni y la dualidad. Cada uno es un engranaje unido a la vida, pues sin ellos los integrantes de la cultura no podrían ser lo que son. Se valora ser un actor positivo, razón por la que cada uno de los miembros de una comunidad “pasan cargo”, es decir, serán los responsables de la fiesta o actividad ritual. Inés recuerda a su padre, que dormía cuatro horas porque trabajaba con mucho esfuerzo, finalmente, era la enseñanza, el trabajo y la superación.

Cuando llegó de su comunidad a Arica, se sentía ajena y excluida, su entorno la miraba desde lo material, con zapatos que no eran nuevos, con pelo negro en una larga trenza y la cara quemada por el sol y frío altiplánico. Pero pasó el tiempo y tomó todos los elementos para defenderse, relevar, cuestionar y crear espacios de encuentro en la diferencia. La última vez fue en Santiago, en una reunión de líderes, cuando una participante le preguntó: “Usted, ¿de dónde es, es extranjera?, ella le respondió: “si me está preguntando si mi familia llegó con Cristóbal Colón, le digo que no, cuando él llegó ya estábamos acá”. No hubo más que reírse a carcajadas, porque Inés prefiere educar desde esa perspectiva y evidenciar que Chile también es moreno.

Inés Flores aporta desde la diferencia y su sueño es el Centro de Mediación Intercultural, dirigido a familias aymaras, en causas donde la cultura norma la relación con los hijos, el pago de pensiones y los mecanismos armónicos del divorcio aymara. Una mujer protagonista, empoderada y trabajadora. Que lucha porque haya un reconocimiento más visible de la colectividad, de quienes han contribuido a que la cultura se mantenga y proyecte en el tiempo. Solo falta la creación de referentes positivos para las nuevas generaciones aymaras. Pero ella ya se encontró con su historia, con la comunidad de la que espiritualmente nunca salió, desde que era niña, caminaba detrás de su abuela y miraba las huallatas. Esa es Inés.

Nota de la Dirección
“Warmi: La mujer aymara en su territorio”, es un proyecto financiado por el Fondo de Medios del Ministerio Secretaría General de Gobierno 2020 y el Consejo Regional de Arica y Parinacota, cuya investigación, desarrollo y redacción, corresponden a la periodista Ada Angélica Rivas y se publicará los días lunes y jueves durante todo el mes de agosto.

Junto a Ada Rivas, existe un equipo multidisciplinario que permite la publicación del proyecto, integrado por Robert Cornejo, Víctor Olguín y Francisco Soto, quienes son apoyados por personal permanente de AricaMia.