Victoria se fue a los cielos

Por Ada Angélica Rivas

Caminaba por los senderos que conocía como la palma de su mano, con el viento del mediodía revoloteando por su sombrero; mientras en los altos eucaliptus cantaban los pajaritos amarillos o se cruzaban las mariposas blancas a la altura de sus ojos.

Pero ese día martes, cuando el sol empezó a aparecer en la precordillera, la muerte la encontró por las orillas del río Ticnamar. El mismo lugar por donde tantas veces había pasado, la detuvo para siempre. Entre el color de las piedras grises, los caminantes circunstanciales no advirtieron su presencia dormida, Victoria había partido.

Y pasamos por ahí y fuimos testigos de esta muerte solitaria en plena naturaleza y quedamos absortos, como marcando ocupado. Porque vivimos como si fuéramos eternos y la vejez no llegara nunca a tocarnos; como si la salud estuviera asegurada y el dinero comprara la felicidad. Y así nos desgastamos en egoísmos que enferman el alma, en suspicacias que hieren y en miradas desconfiadas que duelen.

Nos apegamos tanto a lo material, que parece que nos vamos a llevar todo para el otro mundo, pero sólo nos retiramos de esta tierra en un cajón de madera, que ni siquiera vimos antes. Así es nuestro destino, implacable e inesperado. En el intertanto ¿qué hacemos? Juntamos bienes, dinero, poder y arrogancia.

Pero la abuela de las alturas sólo atesoraba historias ancestrales, días y noches marcadas por el clima frío en invierno y lluvias estivales en verano, y un eterno sol sin nubes en cielos de azul infinito, cayendo por las terrazas de cultivos.

Carnavales y cruces de mayo, cultivo de papas y cosecha de habas, ¿Qué más? Tejidos en telar de cintura y masas horneada para kala t’ anta, agüita de coca para los dolores y rezos para pasar por los lugares de mal paso. Cuánta historia se llevó la abuela, que un día martes regresó a la tierra para quedar en el recuerdo de quienes la amaron.

Adiós Victoria, que tu vuelo al mundo de arriba sea pleno, mientras acá seguimos luchando con el día a día, en este mundo de cemento, frío e insensible, inseguro y desigual. Quizás recordar tu muerte solita en el campo nos adicione una cuota de humildad y de humanidad. Gracias por enseñarnos hasta el último momento.