Identifican restos de caballo americano de la edad del hielo en Salar de Surire

Por Calogero M. Santoro
Instituto de Alta Investigación, Universidad de Tarapacá

Los salares del norte de Chile son paisajes ligados, principalmente, a la gran minería por su carácter agreste y desolado y las riquezas minerales que encierran sus subsuelos. Pero no todo lo que brilla es riqueza mineral en estos parajes. El Salar de Surire a más de 4.000 m de altura y más de 20 km de diámetro, con su superficie blanca y brillante que puede imaginarse como un paisaje lunar o del planeta Marte, fue completamente distinto durante la era del hielo. Esto debido a que estuvo sujeto a niveles de pluviosidad más abundantes que en la actualidad, lo que significó mayor disponibilidad de agua, vegetación, por lo que estos salares se extendieron como grandes lagunas altiplánicas.

Hacia finales de la edad del hielo, unos 15.000 a 10.000 años atrás, merodeaban por el continente americano una gran variedad de animales de gran tamaño: como milodontes, megaterios, mastodontes, tigres dientes de sable, paleolamas y caballos americanos. En el territorio chileno, sin embargo, restos fósiles de estos animales son escasos, más aún en zonas altiplánicas. Por tanto, el hallazgo de este esqueleto casi completo de un caballo americano de la especie Hippidion saldiasi es un gran descubrimiento para la historia de la flora y la fauna de la región y de América en general. El estudio de esta especie, encontrada también en la Cueva del Milodón en la Patagonia chilena, ayuda a conocer la biodiversidad del Pleistoceno, periodo que abarca desde 2 millones a 11.700 años atrás, cuando animales como este caballo eran un componente importante de la megafauna de la época.

Junto con la identificación de la especie, se pudo establecer, con cierta exactitud, que el animal habría habitado el salar hace unos 13.000 años atrás; época que coincide con una declinación en los regímenes de lluvia, lo que trajo como consecuencia la desecación de la laguna y su transformación en un ambiente pantanoso y peligroso para este joven caballo que posiblemente quedó enfangado, lo que finalmente le habría causado la muerte. A continuación, fue cubierto por sedimentos lacustres, y luego por agua en la medida que la laguna recuperó su nivel durante una última fase pluvial. En ese contexto geológico, los restos óseos del caballo se preservaron excelentemente bien hasta el presente. En la época del caballo de Surire, pequeños grupos de cazadores recolectores se expandían por los ecosistemas más diversos de Sudamérica, incluyendo los ambientes andinos, como el altiplano chileno. Este espécimen, sin embargo, no murió por mano humana quienes hicieron de esta especie una de las presas favoritas hasta que se extinguieron. Dicho de otro modo, no encontramos restos arqueológicos asociados al esqueleto, por lo que técnicamente se trata de un hallazgo paleontológico.

Esta especie de caballo americano era de tamaño pequeño, pero de estructura robusta y con una cabeza grande, parecida a la de una cebra. Estos animales se extinguieron en la zona altoandina, como en todo el continente americano poco después que este ejemplar muriera.

Las operaciones mineras para la explotación de bórax en el Salar de Surire, expusieron en el 2003 parte de los restos óseos del animal. Esto, motivó que el gerente de Quiborax invitara a un equipo de investigadores de la Universidad de Tarapacá, liderado por el suscrito, a resolver el misterio del hallazgo de estos huesos de gran tamaño, que no se comparaban con ningún animal moderno de la zona.

Tras la comprobación de que el hallazgo se trataba de un caballo americano, los restos del animal comenzaron un largo periplo hasta su ingreso al Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, de la Universidad de Tarapacá, en Arica, donde fueron curados y estudiados en profundidad, lo que sirvió de base para la reciente publicación de un artículo en la revista científica, Journal of Vertebrate Paleontology.

El estudio fue realizado por un equipo de especialistas conformado por Rafael Labarca, paleontólogo de la Universidad Austral; Francisco Caro, arqueólogo egresado de la UTA; José Capriles, arqueólogo de Penn State University, el geólogo Esteban Briones, los paleoecólogos Natalia Villavicencio y Claudio Latorre de la PUC y el suscrito.

Los resultados del estudio documentan la existencia de una flora y fauna completamente desconocida que crecía a menos de 150 km al sureste de la ciudad de Arica, lo que representa una ventana a un pasado menos desértico. Esto podría servir para levantar otro tipo de valoraciones de estos paisajes, comúnmente ansiados como fuentes de recursos económicos cuya explotación, a escalas magníficas, están haciendo que este desierto sea cada vez más seco, alcanzando niveles posiblemente nunca generados por los factores climáticos que han gobernado las crónicas condiciones de híper aridez del norte de Chile. En otras palabras, el desierto no sólo es una fuente de riquezas mineras, cuyos dividendos retornan marginalmente a las regiones que las proveen, sino también una ventana al pasado que debería ayudar a cambiar la relación del centro del país con estos paisajes aparentemente agrestes y desolados del extremo norte de Chile.