Humanidad compartida, apertura al diálogo y búsqueda del bien común en tiempos constituyentes

Claudio Araya, PhD.
Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez.
Pablo Fossa, PhD.
Facultad de Psicología, Universidad del Desarrollo

No es un misterio para nadie, en Chile estamos viviendo un tiempo particularmente incierto, tras el estallido social y seguidamente la crisis sanitaria producida por la pandemia, hemos vivido inesperados y vertiginosos cambios que están moldeando nuestro presente y nuestro futuro.

Sin dudas la crisis social y la pandemia se pueden tratar de entender y explicar desde una perspectiva social y cultural (perspectiva macro), sin embargo, es bueno no olvidarnos que estos cambios macros repercuten directamente en la vida cotidiana, en las emociones, pensamientos y percepciones de cada uno de nosotros tiene (perspectiva micro), lo social y político afecta lo psicológico y cotidiano, y viceversa.

Los tiempos que estamos viviendo nos están obligando a replantearnos nuestros modos de vida y también nuestras prioridades, y en este sentido es un momento poco frecuente, pero significativo para preguntarnos ¿Cómo genuinamente queremos vivir? y ¿Cómo queremos relacionarnos como comunidad?

En el contexto en el que estamos redactar una nueva constitución es una oportunidad concreta para pensar y diseñar en conjunto.

Debido a la relevancia de este proceso, quisiéramos resaltar lo importante que es cuidar el proceso mismo, generando las condiciones necesarias para que efectivamente podamos co-construir una constitución que nos represente como comunidad.

Tras escuchas varias de las propuestas de los candidatos a la asamblea constituyente, se nos hace presente que muchos aparecen tener sus propuestas muy claras, y las expresan como intransables, y entonces nos preguntamos: ¿Y estarán dispuestas y dispuestos a dialogar sus planteamientos? ¿o son ideas cercanas a dogmas, que no están sujetas a la revisión y al cambio que el diálogo habitualmente produce?

Creemos necesario que para avanzar en el proceso constituyente, tenemos el desafío de avanzar hacia una disposición colectiva que nos permita “encontrarnos en el medio” para que todos quepamos en esta nueva constitución, para que efectivamente nos represente. Para conseguir esto quisieramos proponer 2 características que consideramos críticas, siendo estas: (1) La apertura al diálogo y (2) priorizar el bien común.

1. Apertura al diálogo.
No basta solo con tener ideas claras y defenderlas con convicción, incluso más, tener ideas demasiado definidas a priori puede obstaculizar el genuino dialogo. Resulta vital expresar y poner en práctica la apertura y la voluntad de dialogar, de generar una conversación desde la cual brote una perspectiva más amplia que la particular.

Si cada constituyente pretende “evangelizar” y convencer a los otros, nos encaminaremos a un monólogo o a una multiplicidad de monólogos y con ello las posibilidades de fracaso son seguras. En contraposición a los monólogos, el diálogo tiene un enorme potencial, pero se requiere una disposición particular, podríamos llamarla aperturidad. Estar dispuestos a ser transformado por el otro, a construir algo nuevo en conjunto, y para esto tenemos que estar dispuesto a no solo anteponer nuestras ideas, sino que primordialmente escuchar y valorar las ideas de los demás con el menor prejuicio posible, y genuinamente buscar construir algo nuevo, guiado por un interés o propósito común. Este es un tema de actitud, más que de claridad o convicción ideológica.

Entrar en un diálogo genuino implica reconocer al otro como un legítimo otro, tal como lo expresaba Humberto Maturana, reconociendo en primer lugar las necesidades, carencias, aspiraciones y anhelos de los demás, y también como compartidas a nuestra condición humana.

Sólo en el reconocimiento del otro puede emerger la empatía, y desde ahí, la comprensión mutua. Si el otro no es otro válido, entonces estoy en una posición poco constructiva, instrumental, de competencia, me pongo a una distancia que termina siendo insalvable.

Hay un altísimo riesgo de la monologización (incluso si tiene apariencia de diálogo), la monologización lleva a la radicalización y la rigidez de posturas. En contrapartida, el diálogo permite la emergencia de lo nuevo, lo distinto, y quizás sea el único medio efectivo para afrontar los desafíos a los cuales estamos enfrentados.
Lo dialógico (a diferencia de la monologización) permite la emergencia de una síntesis, de una “terceridad”, la cual es producto de la relación dialéctica entre la tesis y la antítesis. Para que esa terceridad emerja la tolerancia a la tensión es fundamental. Tolerar una respetuosa tensión permite que las dos bases del triángulo construyan su vértice superior, esa terceridad integrativa, inclusiva, generalizada, la emergencia de una meta-perspectiva necesaria para que emerja algo nuevo que nos permita avanzar.

2. Reconocer y trabajar por el bien común.
Junto con la disposición y apertura al diálogo, la segunda característica que creemos crucial es buscar ir más allá de los intereses particulares (legítimos por lo demás) pero insuficientes para construir acuerdos, para lo cual creemos indispensable buscar el bien común.

El bien común no es una abstracción, implica reconocer las necesidades e intereses compartidos. Si cada uno defiende sus intereses particulares (individuales o de su grupo de representación) el choque de intereses será inevitable. La manera de trascender este obstáculo es estableciendo un propósito, visibilizando y resaltando un interés común más amplio, y esto es posible de construir si generamos una visión compartida basada en nuestras necesidades comunes.

Con demasiada frecuencia dialogamos sobre lo que nos diferencia, y esto puede llevarnos a dividirnos y a que emerjan los intereses particulares, sin embargo, tenemos la posibilidad de comenzar la conversación desde nuestra humanidad compartida, la cual puede orientarnos a establecer una base común sobre la cual construir acuerdos.

Construir acuerdos no es sinónimo de anular las diferencias, esto sería totalitarismo, el acuerdo y el establecimiento de lo común no puede ser una conclusión forzada, el bien común y la humanidad compartida es el punto de partida desde el cual comenzar a construir, y donde son legitimadas y necesarias las diferencias.

Las diferencias por supuesto que son relevantes, es más, en el nivel micro no hay nadie igual otro, la igualdad es una cosa, pero compartir atributos y en este sentido ser semejantes es otra cosa.

La tensión del desacuerdo y el choque de perspectivas son importantes. La tensión es el mecanismo o motor de la co-construcción dialógica, lo importante es que la tensión y la diferencia contribuyan a generar algo nuevo. Tesis, antítesis para llegar a una nueva síntesis. Lo primordial es que las diferencias no nos anulen o dividan, sino que estén al servicio de una visión compartida más amplia que la personal, la de un bien común.

Los seres humanos compartimos una biología y la vida psicológica y social, tenemos necesidades comunes, no solo fisiológicas, también tenemos la necesidad de ser reconocidos, de ser cuidados por otros, compartimos así la necesidad de vivir en relación, y más allá de nuestras diferencias, compartimos el anhelo de estar bien, que nuestros seres queridos estén bien, y de reducir nuestro sufrimiento y el sufrimiento de quienes nos rodean.
Al final del día ¿Podremos escribir un acuerdo constitucional que represente a la gran mayoría?, ¿Nos sentiremos parte de este acuerdo?, ¿Prevalecerá el bien común por sobre los intereses particulares?

La actitud de apertura al diálogo, y privilegiar el bien común nos ayudarán a transitar satisfactoriamente este sendero que estamos transitando.

Quisiéramos promover activamente la apertura al diálogo y el bien común, como principios básicos y necesarios a la hora de elaborar una nueva constitución, desde ellas podemos abordar de mejor forma un proceso que será incierto y complejo. Quizás la actitud con la cual construimos un acuerdo haga toda la diferencia.