Somos desechables

Por: Ada Angélica Rivas

Cerca del mediodía, acompañada de un sol potente e implacable, espero la micro a la altura de la ex isla El Alacrán. Hay muchos cartones, cajones de tomates, objetos plásticos, ropa en desuso y bolsas. El viento costero mueve parte de este acopio, pero luego algo emerge desde este cerro de basura. Un anciano de espalda al ruido de la ciudad y frente al mar se levanta de lo que se entiende es su albergue o guarida que lo protege de la soledad, que seguro lleva pegada a su respiración.

Qué bueno es no perder la capacidad de asombro e insistir mirando, sin el ánimo de un voyerismo barato, sino más bien aclarando el pensamiento y la reflexión sobre la vida de los adultos mayores, que viven en la pobreza y el dolor de no tener a nadie más que el canto de las gaviotas.

¿En qué momento nos perdimos en el exitismo innecesario, en la competencia insana, en la banalidad del ego y las miradas verticales, como si nuestro prójimo, desprovisto de recursos económicos, fuera tan descartable como el papel higiénico?

¿En qué momento dejamos de ponernos en el lugar del otro y dimos curso a los atropellos, que desde el poder es más factible de validar? ¿Cuándo perdimos la conciencia de respetar al otro y no herirlo gratuitamente porque nuestro ser egoísta no permite que los demás crezcan?

¿Quién nos indicó que escalar más en los lugares donde se toman decisiones nos daba el derecho de humillar al prójimo gratuitamente? ¿Qué cambió en nuestras vidas para hacer las diferencias con los que perdieron fuerza en el trayecto recorrido?

El abuelo quemado por el sol arregla su ropa, la dobla y luego saca de una bolsa un pan añejo y una botella de agua. Está listo el desayuno. Se levanta y con la misma ropa que durmió toma un rumbo incierto junto a un balde plástico. Seguro ya sabe dónde llegar, quizás limpiar autos o poner la cara larga cerca de algún local de comida, esperando los restos para darle un mejor uso.

Cada día somos más desechables en el área laboral y corremos el riesgo de quedar a la deriva. Hay tantos factores que influyen en esta realidad, como la poca productividad, cero compromiso, no agregar valor a las tareas encomendadas o simplemente ser un mueble más en la oficina; otras causas obedecen a las reestructuraciones de las empresas; a estar bien o no con el jefe, y aquí los chupamedias son los que se aseguran; y los que se dedican a trabajar, aunque lo hagan bien, viven en permanente inseguridad.

En la vida personal somos desechables cuando no tenemos recursos económicos. Viejos y pobres es la peor nomenclatura, que quita la fuerza para luchar cada día en este mundo injusto, de blanco y negro, de pobres y pudientes, de jefes y obreros.

Así nos vamos quedando solos y en silencio, a veces sin una cama para dormir, ni una puerta que cerrar. La familia te desecha, en los trabajos no vales nada y los caminos se hacen pesados. Así es la vida de algunos, de mala calidad en todos los aspectos. Dormir en la calle ya se hizo un hábito que duele y genera impotencia en quienes miramos como estúpidos a quien sale entremedio de la basura, para respirar un poco del aire egoísta que está más allá de la calle.