La vestidora de las cruces de mayo

Virginia Loayza, "la vestidora de las cruces de mayo".

Por Ada Angélica Rivas
Hasta hace pocos años vestir las cruces de mayo era un acto casi íntimo, donde un par de abuelos y su familia hacían todo el ritual, pues las cruces eran llevadas a las casas. Hoy la iglesia es el lugar en que esta celebración se lleva a cabo, convocando a muchos participantes.

Cuando tenía tres años, Virginia Loayza era transportada en una llijlla o aguayo tejido con motivos andinos, en la espalda de su madre. Era el albergue de su pequeña humanidad infantil.

Nació en Saxamar hace 75 años, lugar donde conoció a su esposo, Justo Apata, con el que tuvo 10 hijos, dos de los cuales ya no la acompañan. Aunque ha vivido toda su existencia en esta comunidad de la precordillera, tuvo que hacer concesiones para educar a su numerosa familia y vivir en forma intermitente en Arica, donde cada mes se quedaba 15 días.

Virginia es la abuela sanadora de dolores físicos y del alma. La colliri del pueblo a la que acuden los habitantes, ante cualquier malestar claramente identificable o cuando sienten desgano y el diagnóstico va por el lado del ánima, que seguro habrá que llamar con las campanas y el vaso de vino, hasta que aparezca el ser vestido de blanco en forma de mariposa y devuelva el espíritu perdido.

También dirige los rituales andinos de agradecimiento por la buena cosecha o de petición por un mejor bienestar o buenos resultados en lo emprendido. Ella es quien sabe cómo instalar la “mesa” con aguayo, coca, y alcohol de color oscuro y claro, vino tinto y cocoroco, porque la dualidad está presente en todos los acontecimientos.

Cruces de mayo
Aunque a los tres años acompañaba a su madre, mientras ella preparaba el ornamento de la cruz de mayo, fue a los seis años cuando tuvo una participación directa. “Mi mamita vestía las cruces, la cruz Santa Rosa, La Misericordia y El Niño, que se llevaban al cerro Calvario. Le ayudaba y estaba cerca de ella, por eso soy devota de la Virgen y de la cruz, porque vi a mi mamá cuando la vestía, era una cruz chiquitita de madera de cactus, y se adornaba con papel de volantín. Mi mamá me pedía que le picara los papeles, solamente hacía dos dobladas al papel y después le hacía un picadito y envolvía en la cruz y le vestía bonito de varios colores, le ponía la bandera chilena, de todos colorcitos le vestía, blanco, rojo, azul y se veía bonita la cruz”.

Las pequeñas cruces de hace 70 años, adornadas con papeles de volantín calado con tijeras, para darle un matiz estético, se mantuvo por alrededor de 20 años, hasta que en 1970 el cuñado de Virginia, Raimundo Ticona, hizo un cambio y construyó unas cruces más grandes, tal como se encuentran ahora.

“Mi mamita estuvo enferma para irse ya, en mi casa en Chaquiate y mi cuñado vistió la cruz y se la llevó para mostrarle y le dijo: mira suegra, acá está la cruz, cuando mi mamita ya no se levantaba de la cama, hasta que murió en mi casa”.

Fue la última vez que la madre de Virginia participó de la vestidura de la cruz. Desde ahí el papel de volantín fue cambiado por cintas y las cruces de tamaño.

“Después cada uno tomaba el alferazgo y llevábamos las cruces a las casas, no había iglesia, no había nada. Primero bajábamos las cruces a las casas, luego las vestíamos con cintas nada más y las subíamos, hacíamos una guatia y hasta el otro año”.

Después las cintas se fueron decorando. “Las cintas yo misma las cosía y pasaba la máquina por las orillas, le ponía flequitos como orito y se veían lindas”.

Hace ocho años que las cintas fueron cambiando a franjas más anchas de tela con bordados, llamadas “vestiduras”. Ahora no sólo participan los abuelos, sino que los hijos y nietos. Al principio bordaban ellos mismos las vestiduras de la cruz. “Mi sobrina borda, la Teresita, pero quien toma el alferazgo lo manda a bordar”. Actualmente las vestiduras de terciopelo, con flecos en la orilla y llamativos bordados en hilos plateados o dorados, además llevan el nombre de la familia que estuvo a cargo de la ceremonia, invitados y gastos asociados a la celebración.

En la cruz de mayo también se hace una vigilia. “Participo en la vigilia de la cruz, hacemos una víspera con una comida, un calientito, y se viste la cruz esa noche y ahí cantamos y rezamos a la cruz. Esa noche y al otro día igual prendemos velitas y la gente que nos va a acompañar viene”.

Virginia desde más de 70 años está vinculada a la cruz de mayo de Saxamar, siempre apoyando y vistiendo las nuevas cruces que irán a los cerros protectores del Calvario y Pumane, apoyando al nuevo pasante o alferazgo. Es el rostro visible de la tradición que se mantiene en el pueblo, donde el fervor y la devoción son indisolubles.

(La abuela Virginia participó en el “Proyecto de Innovación Social y Productiva Saxamar Marka”, del Fondo I.D.E.A de Fosis de Arica y Parinacota, ejecutado por la Universidad de Tarapacá)