La libertad de vivir sin Facebook

Por Ada Angélica Rivas
El día que podría haber estado más expuesta, decidí suspender mi Facebook. No es un circo mi vida, para mostrar ni lo buena que podría ser, ni lo triste que podría estar en algún momento. Porque al final surfeamos en vaivenes permanentes, nada es lineal, ¡por suerte!

El primer Facebook que tuve era para la familia, donde había un ambiente de confianza. Empecé a recibir tantas solicitudes de amistades, de conocidos y contactos de trabajo, que pensé en hacer otro Facebook, el que llamé “prostituto”. ¿Por qué? Acepté a medio mundo, porque tenía claro que no iba a transparentar mi intimidad.

En el familiar apenas sumé 70 amigos y en el abierto al público casi dos mil. Increíble todo lo que se encuentra en esta interacción virtual, la cantidad de infieles que pretenden una oportunidad con otra mujer que no es la que tienen en casa. Claro, si el perfil es de soltera y sin compromiso. Pero la gente ve lo que yo decidí mostrar, y con tanto desconocido en la red, no estaba en ninguno de mis planes decir qué hacía, ni quién era mi familia.

El tiempo perdido, a veces leyendo tanta estupidez me agotó. El esfuerzo de mostrar que estás bien, cuando a veces vives rodeado de injusticias e inseguridad. Exhibir el éxito cuando ha sido tan difícil luchar con el sistema, con los privilegiados de siempre y las redes de poder, que no dan opciones a personas ajenas, aunque sean un aporte.

Cerré el Facebook prostituto y sentí un alivio y paz interior, pasaron días y semanas sin saber nada de nadie que no me importara. Así fue como pocos me saludaron para mi cumpleaños; casi nadie supo que comí el día domingo; no hubo ni una posibilidad de enterarse de mis últimos zapatos de aguayo; ni de mi buena bailada junto a Los Shapis, los músicos chichas peruanos, arriba de un escenario.

Los aduladores desaparecieron como por arte de magia, y yo que era la “reina de la bota blanca”; las invitaciones con tono libidinoso cesaron por arte de magia; la tipa celosa que creyó que andaba levantando maridos, dejó de mandar recados obscenos; y la cena de pulpo al olivo del galán que disparaba de chinchol a jote, nunca más apareció en mis mensajes por inbox.

Ojalá no necesitara las redes, pero hoy son parte de la cotidianidad adictiva a veces. Prescindir por un tiempo ha sido un buen ejercicio.