La columna de Barbarella: “Viejo verde-olivo”

La primera vez que entré a clases a la universidad, fui con una polera con cuello redondo y una camisa delgada encima. Nada que llamara la atención. Pero el profesor universitario quedó pegado en mis pechos y con ojos lascivos delataba que se estaba pasando películas. Mi sentimiento fue como estar desnuda ante un hombre que iba camino a ser vejete. ¡Qué asco sentí! Y tuve que hacerme la weona no más, al final no podía generar problemas el primer día en que iniciaba mis sueños en una carrera donde la mayoría eran hombres.

Era alto, sonreía en forma estúpida, como si nadie se diera cuenta que se andaba haciendo el lindo. Tez amarillenta y cejas marcadas, casi siempre de chaquetas claras. ¿Qué pretendía? Me sentí fatal esa semana, porque en la próxima clase me pasó algo similar, el viejo de mierda quedó pegado en mi humanidad.

Con mis compañeros fui un día al casino y ahí estaba el académico junto a una mujer, tan alta como él, la cual después supe que era la pareja de turno. Al menos –me dije- tiene quien lo salve. ¡Uf!

Pasó el tiempo y traté de mantener un bajo perfil en mi forma de vestir, para no llamar la atención de este personaje y de otros que no la hacían tan mal. Aún no estaba en boga la defensa de las mujeres por el acoso sexual y había que hacerse la loca para sobrevivir y, por supuesto, terminar la carrera.

Un día tuvimos una actividad en una sala donde generalmente se hacen las defensas de tesis, y luego el típico cóctel con jugos de mango, y productos dulces y salados; y en un momento que una de las escasas compañeras existentes en el curso fue al baño apareció el profesor, aún recuerdo la cara de fresco con que se acercó a hacer bromas, como “qué hacía sola una mujer tan linda”, y “que cualquiera quisiera acompañarla”. Yo le respondí con un chiste, la verdad es que no tuve más argumento, porque podría haberlo mandado a la punta del cerro, pero la única que perdía era yo. Al vejete calentón se le salían los ojos, pegado a mi delantera, y yo por dentro sintiendo un asco que aún me dan náuseas.

El tiempo pasó sin mayores hechos patentes de acoso, hasta que un día jueves de invierno era tarde y me iba caminando a la pensión a dos cuadras de la universidad, cuando aparece el personaje en su auto y se detiene para decirme si me lleva. Ya andaba sicoseada con este profe. Le dije que no, que vivía cerca, por eso caminaba, hasta que me dijo “me encantas, sólo lamento que seas mi alumna…”, le respondí, “pero si usted tiene de pareja a otra académica”, según él ya había terminado, pero no era el tema, a mí no me movía ni un pelo de las pestañas, sólo me daba asco. Y siguió jodiendo, que fuéramos a dar una vuelta, etc. Hasta que le dije que tenía ir a estudiar y lo dejé hablando sólo.

Al día siguiente lo vi caminando hacia el casino y yo pasé con mis compañeros, el vejete se hizo el loco, y así siguió el resto del tiempo, como dolido en su ego machista dominante, como si yo no existiera, pues desde el lugar de confort que le daba garantías para el abuso de poder que ejercía conmigo, se sentía debilitado, viejo culiao.

Menos mal no me saqué malas notas, tuve que estudiar mucho más para sus ramos, porque temía que se podía desquitar. Me lo pillé en más de una oportunidad en la carrera, pues aunque le dieron cargos directivos igual hacía clases. Así pasaron los años y terminé de estudiar, no sin antes sentir otros acosos de otros profes felizmente casados, pero que igual andaban de cacería, imagino que eran insatisfechos sexuales u obsesivos libidinosos.

Me salvé. Apenas terminé la carrera comenté mi experiencia con mis compañeras y pude saber que no fui la única a la que este profe se le tiraba y la sapeaba. Pasó el tiempo y como profesional fui a hablar con un colega al casino de la universidad y al primero que veo sentado fue a este viejo más amarillo verdoso que nunca, con los mofletes por el suelo y la cara de caliente patético, que me recordó todo lo mal que lo pasé. Qué ganas de funarlo y denunciarlo… pero no quiero perder el tiempo en hombres sucios con poder, que buscar obtener placer con personas que están en desigualdad de condiciones.

No lo saludé. Ya era hora de dejar de responder con chistes nerviosos a sus pretensiones y temer porque me podía sacar mal en su ramo. Ahí sigue el vejete, para la cagada, tomando infinitos cafés, total las vueltas dejan, y lo único que le brillan son las córneas. Qué lata tener que vivir el acoso de los viejos verdes amarillentos, que apenas se pueden las patas. No le paré el carro en el momento que debía hacerlo y ahora sentí que era una basura sentada, usufructuando del Estado, sin ética, ni respeto por los demás. Sobreviví un profesor acosador que se creía galán y no era más que una basura culiá.

Barbarella