La columna de Barbarella: Literalmente con delantal

Su sonrisa me mató desde el día uno. Sus ojos me dejaban ver lo que había más allá. Yo sólo sabía que era médico separado con hijos grandes y eso no le quitaba ni le ponía más condimento, pues él también admiraba mi forma de pararme ante la vida. Me invitó a tomar café al lugar más lindo que podría haber elegido, la isla El Alacrán, y me pasó a buscar con un termo con café y un par de muffins de zanahoria. Fue al atardecer, ¿qué más romántico? Ahí me besó y yo esperaba que lo hiciera, además de acariciar mis partes íntimas hasta donde se pudo, y debo declarar que vi estrellas antes del anochecer.

Y eso fue todo. Luego, los whatsApp no cesaron y las llamadas frecuentes tampoco. Entre largos turnos con muchos o pocos pacientes, un día me dijo que por qué no iba al hospital a verlo y la tentación pudo más, así que fui. Salió y compartimos un café en un local que está afuera y luego me invitó al cuarto donde descansaba. Había poco movimiento en los pasillos inmaculados, así que pasé piola, aunque estimo que más de alguna enfermera o asistente se dio cuenta que el doctor no había entrado solo a su habitación.

Entramos y la pasión se desató, yo temía que alguien tocara la puerta pero después me relajé, al final yo era una invitada y el único que debía ponerse nervioso era él. Y así procedimos a hacer el amor en el lugar menos imaginado por mí alguna vez. Fue genial y único, este hombre encantador me enganchó.

Partió un romance de bajo perfil y casi inexistente para el mundo que está afuera, pero de intensidad y locura para los dos en la intimidad. En su departamento la magia nos rodeaba. Una vez me esperó con pétalos de rosas blancas sobre la cama, incienso y velas, y le dije ¿por qué rosas blancas? y me dijo “este encuentro es puro para mí” y quedé marcando ocupado, con el cuidado de no enamorarme, para no sufrir por amor.

Entre atemorizada por no querer complicar mi corazón, en una relación que funcionaba perfecto, continuamos viviendo locuras. Un día decidimos tener sexo en la azotea de su edificio a orillas de la playa Chinchorro, subimos en el ascensor incursionando en varios grados de calentura, hasta que llegamos a la terraza por el tiempo justo para lanzarnos al fulgor de la pasión.

Cada cierto tiempo iba al hospital cuando estaba de turno, y eso le agregaba un ingrediente de emoción a estos momentos vividos con un excelente amante, que sacaba su lado femenino en su justa medida, viril y dulce a la vez, y sin atosigarme con tiempos exigidos, pero entregado por entero a mí.

En su Facebook y en el mío sólo publicamos por mucho tiempo fotos de paisajes y lugares en que estuvimos juntos, de repente una taza de café, nunca una foto de los dos, porque no era necesario ventilar algo tan extraordinario. Fueron dos años junto a este hombre que al sacarse el delantal blanco se convertía en un ser de otro planeta, el amante ideal, que recordaré siempre con amor y pasión, y con pausas permitidas para que el crecimiento personal nunca fuera obstáculo para la magia. Cada cierto tiempo nuestro encuentro sucede, no necesito nada más, por ahora.

Barbarella