La columna de Barbarella: AYMARA PÍCARO

Era lo mismo que el negro del whatsApp pero en versión andina. Literalmente un indio pícaro. ¿Cómo lo conocí? Un sábado fui a un matrimonio al Palacio de la Cumbia, en el cerro Sombrero con una amiga. Las dos andábamos medios tristonas, así que bailábamos entre nosotras y luego, con unas cervezas demás, mi amiga se fue llorar por un estúpido músico de una banda de bronce al baño, y más tarde la perdí entre la multitud.

De la nada apareció un chiquillo alto, por el que no habría dado un peso estando vestido. Me sacó a bailar y me acompañó parte de la noche, simpático pero de cara ahí no más. Bailamos hasta que nos dio hipo, y los celulares se nos descargaron, no había adonde anotar el número que él me pidió, así que saqué un lápiz delineador de ojos y se lo escribí en el brazo.

El lunes siguiente tenía un contacto en el whatsApp y unos audios de su voz que realmente eran bakanes, voz varonil y profunda. Así partimos con las conversas en que descubrí que era 15 años menor que yo.

Nos vimos otra vez en una fiesta andina, hasta que estuvimos juntos el día que llegó con el comprobante de sus recientes exámenes de VIH y enfermedades sexuales. Sin hablar lo agarré y tiré a la cama. Se sacó la ropa y abrí los medios ojos, no pude evitar decirle “Guau!!!” Era superdotado y merecía mis aplausos. Nos encontramos dos veces más y por un corto viaje a Putre a ver a mi familia, me ausenté de Arica, así que seguimos hablando por whatsApp.

Llegué antes de lo previsto a la ciudad, así que sin avisarle me fui a celebrar con mis amigas al cerro Sombrero al ritmo de la música chicha de un grupo peruano y al primero que veo en la pista es al andino del whatsApp, con una mujer de unos 60 años, para mis adentros pensé que era su madre, una tía, y no más que eso. Salí a bailar al lado de él y me ignoró con un nivel de frialdad que me dolió profundamente. Lo miré y no me esquivó sino que hizo como si no me conociera, luego se largó y no supe más de él por un tiempo, cuando recibí llamadas de cabinas, de otros celulares, etc.

Apareció por arte de magia, aclarando la situación, comentando que era una amiga de su madre que quería conocer el mundo andino y que la había llevado para allá y no me había visto. En el intertanto ella me ubicó, dejándome grabaciones que era la pareja de hace cinco años, etc etc. Hasta que lo vi a cara a cara y, por supuesto, terminó soltando la más pura verdad. Era efectivamente la pareja, una peluquera de 60 años del centro, a la que hacía feliz con lo mejor que tenía. ¿Qué había detrás de esto? El, un hombre casi abandonado por la familia, se había hecho cargo de la familia de esta mujer en forma simbólica, jugando al rol de padre y abuelo de los hijos y nietos de la dama.

Herida en mi orgullo de mujer le di una oportunidad para puro vengarme. Le hablé bonito y accedí a él por unas semanas, no sin antes pedirle la prueba que necesitaba. Fue a hablar con ella con el celular prendido para que yo escuchara que eso no tenía ningún sustento. Pero el muy vivo, entre que me conoció y dejaba a la abuelita, se fue a pegar los últimos polvos con ella, y ahí mientras él se fue a duchar, ella vio su celular con los mensajes míos, rompiéndole la pantalla de su teléfono. Esa misma noche él la llevó a bailar para reconciliarse y ahí fue cuando lo encontré, haciendo como si no me conociera.

Las semanas del desquite le hice el asco varias veces, me compraba flores, chocolates y peluches, me invitaba a su casa y me hacía cenas y dibujaba mi silueta en un mural, porque era artista además. Yo me hacía querer, sabía que eran mis últimas cartas, sacarle el jugo en la cama y engancharlo para dejarlo con puntos suspensivos. Y así fue. Lo pasé genial. El aymara del whatsApp se lució. Pero llegó el día en que le enrostré su falta, no estaba para perdonar a un pobre weón mentiroso. Me rogó al infinito seguir con esta relación oculta, pero como no estaba para el webeo de nadie, le escribí el último mensaje y lo bloquee de todos lados, menos del Facebook porque no éramos amigos y su nombre aparecía con jeroglíficos, así que era imposible de ubicar.

No me dolió darte la patada en la raja, quedé tranquila. Hasta que un día mi hermana se enfermó y fuimos a la posta del hospital y el aymara del whatsApp estaba atendiendo en la ventanilla, jajajaja. No lo miré, era un ser inexistente. Andaba con los frenillos que tenían por finalidad arreglarle la ensalada de dientes, una camisa de cuadrillé y la credencial que lo hacía ver importante. La voz modulada de locutor radial era inconfundible, la piel morena y la nariz medio deforme, también. Pasé con mi hermana a los box y el aymara pícaro con toda su humanidad quedó encerrado detrás de los vidrios por los que sacaba la voz para preguntar si era fonasa o isapre.

Moraleja: los hombres no sacan nada con tenerlo grande si como personas son como el hoyo, jajajaja.

Barbarella